Voy por la calle con los codos bien pegados al cuerpo y las manos en los bolsillos a pesar de llevar guantes. Noto perfectamente, a pesar de la bufanda, como mis mejillas empiezan a sonrojarse, la punta de mi nariz y mis orejas simplemente ya no son. A penas las seis de la tarde y ya están encendidas las luces. ¡Qué bonita está la plaza! Un montón de gente deambula por ella; bolsas de compras por todas partes; niños corriendo; madres gritando "¡Ven aquí que se te ha desabrochado el abrigo!" Llego al Hadock (o al Mandala, o la Rayuela, o al Alcarabán, o al Corrillo, o al Juanita, o al Tio Vivo, o al Becker, o a la Posada de la Almas, o Al Milú, o puede que incluso llegue al Moderno y a su radiador de la mesa que colocan encima de las escaleras justo debajo de la cabaña del árbol) y busco una mesa libre. Dos pasos y mi temperatura corporal empieza a subir, cuando la encuentro ya me he quitado guantes y bufanda. "De momento nada. Espero a unos amigos" (o a una amiga, o...